11 de septiembre de 1973 (cincuenta años atrás)

El siguiente texto está construido a partir de los relatos de Carmen Montellano, Mónica Espinosa, María Teresa Lladser y Gabriela Santelices, integrantes de Escuelita Narrativa. Las imágenes hermosas y terribles, y las historias grabadas a fuego ese martes 11 de septiembre, son de ellas cuatro; el montaje es mío.

11 de septiembre de 1973

Es muy temprano y alguien llama. Pienso que algo pasó en la fábrica. Sigo durmiendo. Él se levanta. De pie me alcanza la mano y yo la beso. Dice no salgas. Digo estoy comprometida. Dice a ninguna parte. Los veo por la ventana. Militares con fusiles, con metrallas, bayonetas. Marchan desde Portugal hacia la Alameda. Debo cruzar Santiago y siento el golpe. Hago clases en la Universidad Técnica. Tengo una entrevista en el Hospital de Antofagasta. Me esperan en la Facultad de Geografía. Hay que defender el edificio de la UNCTAD. Allende está en La Moneda. Escucho su discurso desde el auto. Dice que caminaremos libres. Dice que se abrirán las Alamedas. Donde días antes nos abrazamos con desconocidos y bailamos con el puño en alto. Nos reemplazan. Están en todas partes. Las calles son suyas ahora. Marchan con cascos y bufandas. Allende pide que no pongamos resistencia. Una tras otra caen las consignas. De patria o muerte queda muerte. De avanzar sin transar no queda nada. ¿Venceremos? En la universidad hay unos pocos profesores. Caminamos de un lado a otro confundidos. Escuchamos los bandos militares. No sabemos qué hacer. Con los brazos caídos esperamos órdenes. Me dice: no te quedes, no te quedes. Acuchillaron la idea. Había financiamiento. Kissinger lo había dicho. Latifundistas y empresarios. Diputados y senadores. Uniformados y paramilitares. Habían sellado un pacto. Recojo a la hija, le tomo la mano para atravesar el centro. En una esquina, la pared chorrea sangre. Le tapo los ojos. Hay gente en el suelo atada de pies y manos. Me duele la cabeza como nunca. Le cambio los pañales, le doy la mamadera. Camino por los patios como zombi. Tomo a la hija en brazos y la aprieto. Niños atados, casi niños. Pienso que tengo que defender a mis hijos, que debo volver a la casa. Cruzo la ciudad a la inversa. Con el alma en los pies. Contra el tránsito. Sin poder enderezar el rumbo. Desafiando grupos de personas. Sobre un río sin puente. Las calles están bloqueadas. El suelo se abre. Freno y pego un grito. Un locutor repite que La Moneda está en llamas. Apago el motor. Apago la radio. Abro la ventana y escucho las bombas. Escucho el estruendo, los aviones. Escucho balazos. Me clavo los dientes en la mano. Prendo el auto. Prendo la radio. Hablan de hawker hunters. En el edificio de la UNCTAD descerrajan cajones, abren puertas a patadas. Me llama la secretaria. Una patrulla militar fue a la fábrica y les dio la dirección. Deshazte de todo, me dice. De cualquier cosa. Les pregunto a los vecinos si pueden guardarme la pistola. La que compró por si fuera necesario. Me dan una aspirina. Me miran como si me hubiera escapado de un hospital o de la cárcel. Envuelvo la pistola en un paño de cocina. La tiro al incinerador. A los vecinos no los volveré a ver nunca. Por las ventanas pasa una cascada roja. Caen folletos, afiches. Libros color sangre que hablan de revolución. Los militares prenden las hogueras. Los vecinos denuncian comunismo. Niños soldados derrumban los estantes. Las bibliotecas y sus dueños, detenidos. La armada se toma la universidad. En los jardines los marinos queman libros. Nosotras también quemamos libros. En los balcones. En los patios de las casas. En un tambor de parafina donde hacemos la fogata. Quemamos El Siglo entero. A mediodía me sacan para llevarme a un lugar seguro. El compañero encuentra una bala en el piso. La guagua llora. Me estalla la cabeza. ¿De dónde salió esa bala? Se precipita la tarde. Se nos pudre el pensamiento. Todo es oscuridad. Cae sobre la ciudad una nube negra. Desde la terraza puedo verla. Todo está envuelto en humo. En el humo está el silencio. Un silencio interrumpido por balazos. Alguien que tiene radio informa: cada balazo es una vida que cae. Prendemos la tele, está en cadena. En todos los canales canta Rafael. Un escueto bando interrumpe las canciones: El Presidente Allende ha muerto. Entraron al palacio humeante. Desenvainaron los corvos. Ay, el héroe indestructible. Algunos llaman para avisar dónde pasarán la noche. Él no llama. Él, no sabemos dónde está. Los niños cambian los canales. Las voces son las mismas. Los discursos se repiten sin sentido. Los niños tiemblan. Los niños no quieren comer. Los niños no quieren acostarse. Dicen vamos a la terraza de la abuela. Dicen quizás podamos ver algo. Al terminar el día las radios ya no existen. Sólo quedan bandos militares. Y la versión inapelable de la Junta: Hay que extirpar el cáncer. Upelientos / Extremistas / Interventores sinvergüenzas / Marxistas ateos / Enemigos de la patria. En el canal católico Claudio Sánchez transmite el espectáculo. Tanques deslizándose veloces. Transeúntes que aceleran el paso. Soldados fuertemente armados. Un grupo de muchachos grita insultos. La tropa responde. Ahora van a ver quién manda. Ahora van a obedecer. Y obedecen. Se arrodillan con las manos en alto. Las metrallas se transforman en martillos. Los niños caen. Suenan las patadas. El pavimento se tiñe con la sangre. Claudio Sánchez, tímido hasta ayer, apocado, aplaude cada golpe. Grita triunfante detrás de una barrera: ¡Eso es! ¡Aplasten! ¡Por fin los militares ponen orden! Nosotras callamos. No valemos. Sobre nuestras cabezas se extiende un manto negro. Me van a extirpar porque soy marxista. Lo dijo el general de los anteojos. Hubo una transgresión y ese es el precio. Las calles están prohibidas. Hay patrullas en todas partes. Debemos ser cautelosas. Bajo el árbol de la esquina, un camión agazapado. El toque de queda comenzó a las seis. ¿Habrá refugio? Las casas están al descubierto. Allanamientos, persecuciones, vecinos al acecho. El encierro durará meses sino años. No podremos dormir en la noche secuestrada. Dicen que Allende se pegó un tiro en su escritorio. Dicen que sus sesos estamparon las murallas. Que mis compañeros están presos. Que las figuras son indescifrables. Que él está en el sindicato de la fábrica. Escuchamos las ráfagas nocturnas. Estallan cabezas y rumores. Los años de euforia se deprimen. La vida se apaga, se interrumpe. Viviremos el castigo. Pinochet va a restablecer el orden. No hay futuro. La destrucción nos alcanzó. Se romperán redes y mesas familiares. Se clausurarán las exposiciones y los teatros. Nos cortaron la lengua. Estamos mudas. Hay arrugas en los ojos de la gente. Comienza a desplegarse un tiempo negro. En la oscuridad permanecemos vigilantes.  

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11 de septiembre de 2023

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