Fantasías bipolares

Depresión bipolar mixta

Voy a hablar ahora de cómo la depresión aparece y te toma siempre desprevenida. Tus días están más o menos tranquilos. Trabajas en algo que de veras te entusiasma. Te levantas temprano a trabajar y trabajas hasta caer rendida. Nada en tu mundo inmediato está en crisis. Las discusiones son menores, la salud de tus queridos está bien, no hay deudas ni tareas pendientes que quiten el sueño. Así estás hasta que un día no puedes comer. No entiendes lo que te pasa, pero te parece bien, si sostienes esa inapetencia podrás bajar un par de kilos. Luego notas que la inapetencia va acompañada de asco, no estás enferma del estómago, pero el asco está ahí, piensas en un pedazo de pan y se te tuerce la boca. El único alimento que puedes evocar sin desagrado es el vino, quizás el vino alivie el malestar, quizás incluso te haga olvidarlo del todo. Pero a la mañana siguiente el malestar está ahí, acrecentado. Y ya no puedes trabajar en eso que te entusiasmaba. No puedes concentrarte. Vas de aquí para allá, de pantalla en pantalla, buscando algo que capte tu atención, pero todo parece lejano, insustancial. Hasta que vislumbras algo que te atrae. Una historia, un texto, una persona, una canción, algo. Generalmente algo que te hace llorar por hermosura y tristeza. En ese momento desaparecen las náuseas, te sientes bien. Ya no estás en un lugar equivocado. Puede que esto sea difícil de imaginar para alguien que no haya estado ahí. Por fin el dolor viene a ocupar el lugar de la náusea. Te aferras, te aferras, pero el dolor desaparece. Vuelven el malestar, la inapetencia, el insomnio. No tienes ganas de hablar, menos de ser vista en este estado. Te sudan las manos. ¿De qué podrías hablar? No de lo que te está sucediendo. Sabes que te será imposible sostener la mirada sin que la farsa se evidencie. Inventas una excusa y llamas a la oficina. Inventas que se te ha roto el teléfono y no lo contestas. Se te ocurre que hay alguien que podría entenderte, te abrazas a esa idea como a un último madero. Eliges a alguien, te enamoras. Seguramente esa persona será capaz de entender, quizás un abrazo servirá, o una promesa. De rescatarse uno al otro de la soledad y del dolor de una vez y para siempre. Le escribes una larguísima carta, inapropiada, te arrepientes. Dos días después llega la respuesta: una frase perpleja y condescendiente. Ahora sí que te arrepientes, el mundo entero te desprecia, la última persona que podría haberte amado te desprecia. Abres otra botella de vino y te la tomas como si fuera un somnífero. Quieres desaparecer. Mientras tanto, es inevitable, hay quienes se te acercan, personas insistentes a las que tienes que responderles la llamada, personas a tu cargo, la gente de la oficina que te pide la licencia y que sospecha. Tratas de que no se note, de no ponerte a llorar, de no perder la paciencia, de no decir nada de lo que más tarde puedas arrepentirte. Para ello enmudeces e inventas que te duele la cabeza. Luego descubres que es cierto, la cabeza te duele. Tomas unas pastillas y te acuestas sobre la alfombra, a buscar alguna idea que te alivie. Viajar a algún sitio en el que nadie te conozca, por ejemplo. Un lugar lejano y pobre, en el que puedas conseguir un empleo sencillo, como vendedora en una librería a la que nadie entra. Un baño, una cama, una mesa y una silla bastarán. Pero no tienes plata para viajar ni el valor de ser irresponsable con los hijos, los padres, los colegas. Los amigos, curiosamente, no son tema. Sientes hacia ellos más bien resentimiento, porque no adivinan, no hacen nada, no entienden, se incomodan y son frívolos.  Tus amigos nunca te han querido, no de verdad. Y tus hijos… Hay familiares con los que crecerían más felices, eso sin duda. Lo mejor que les podría pasar es que tú te salieras del medio. Pero ¿y si el mundo vuelve a la normalidad y el arrepentimiento es formidable? Cobarde, así te ves. Vas a terminar colgada de una viga por temor a lo que va a pensar la gente si abandonas a tus hijos. Paralizada por el miedo. Incapaz de escapar a ese único lugar en el que podría recuperarse tu cabeza. Qué sé yo, algún pueblo en Venezuela. Por cobarde estás tirando tu vida a la basura. No hay salida. No dejarás a tus hijos aun sabiendo que los arrastras al despeñadero. Hace varios días que los estás alimentando con galletas. Que les pides que se alejen, que te dejen de joder. Ya todas las culpas se confunden, no hay unas más agudas que otras, simplemente eres una mierda, es inevitable que la gente que está cerca pague el pato o se dé cuenta. La culpa desatada. Has educado mal a tus hijos, con prioridades equivocadas, errores, maldad incomprensible; nunca podrán reponerse, ser buenas personas o felices. Son la máxima expresión de tu fracaso. A lo lejos vislumbras el infierno de una cachetada. Les pegaste, al menos a uno de ellos le tienes que haber pegado. Y hace dos días que no alimentas a tu perro. Lo peor es el recuerdo de una persona a la que heriste porque herirla te era indiferente. Autorrecriminación, pero no solamente, no la mayor parte. Sobre todo, compasión, por un universo ciego y sin sentido, por una humanidad que sufre y vive en el engaño, por todo lo malo, el siglo XX, la historia de tu patria, el trato cruel, los animales, los bosques que se extinguen, los mendigos, los viejos que se orinan en la cama, las guerras, los huérfanos, los abandonados. Prendes la radio y todo lo que escuchas resulta insoportable: noticias tristes, opiniones miserables, chistes crueles. Regresen las náuseas, esta vez acompañadas del deseo de morir de inanición. Y más cerca empeora, todo parece un ejemplo del desastre. Una voz prepotente, un aviso en la calle, una queja, una injustica. Y las víctimas de tu ineptitud demoniaca, de tu completa ingratitud. Llorar, habiendo renunciado a cualquier hombro. Entonces te echan del trabajo. No llevaste la licencia, es abandono de deberes contractuales. Pero en el fondo te odian, eso piensas y son unos miserables desalmados. Sin trabajo, en ese estado, será difícil mantenerte con vida, vas a tener que pedir ayuda. No quieres que te mediquen porque el único lugar que te acomoda es el dolor, si pierdes el dolor no tendrás nada. Ya has pasado por ahí, por esa celda de castigo, por el limbo de la nada. Hay algo que está horrorosamente mal, lo sabes, lo recuerdas, pero ya no tiene objeto ni respuesta emocional. De cualquier forma, no te queda de otra: o te suicidas o pides ayuda. Ahí empiezan los sermones, primero de los amigos: que no te hagas la víctima, que eres una privilegiada, que lloras de llena, de blanca, de burguesa. Mamona. No eres capaz de ver la belleza del mundo, de agradecer la vida, no ves a la gente a tu alrededor, a la gente que te quiere. Piensas que tienen malas intenciones, que quieren avergonzarte, como si se fascinaran con tu agudo sentido de la culpa. Incapaz de agradecer lo que tienes. Incapaz, ¡como si no lo supieras! Y luego viene el terror de tu familia, la tragedia, esta enfermedad tan grave, capaz de matarte con tus propias manos. La única manera de ayudarlos es decirles que por favor no traten de arreglarlo, que para eso existen profesionales. ¡Por favor que nadie haga un esfuerzo! Toca la etapa médica. Una doctora que te asegura que no estás sola y que no es tu culpa, nada es tu culpa; cuando tu ánimo se normalice serás capaz darte cuenta. Eso no lo vas a discutir, porque sabes bien que no es verdad. Sabes que desaprovechaste tus talentos, que a tus hijos les cagaste la vida, que has sido frívola y vanidosa, que eres una vergüenza. Peor que eso, sabes que en la puerta de la consulta hay una persona hambrienta a la que nadie va a alimentar. Y sin embargo la doctora dice que no hay culpa. Ella es la incapaz de ver la ferocidad del pecado en el que estamos todos irremediablemente inmersos. Sientes lástima por ella y por ti misma, entiendes que aceptar el tratamiento será un sacrificio doloroso. Sacrificarás tu sensibilidad y sabiduría para poder cumplir con tus deberes. Y eso haces. Demora un montón de tiempo, es una cirugía larga. Deben extirparte el corazón y reemplazarlo por un reloj de arena que cada cinco minutos te recuerda que tienes una agenda que cumplir. Al principio el reloj no funciona, el tiempo está detenido. Pasas algunas semanas durmiendo antes de despertar, tienes que buscar empleo. Encuentras algo exigente y mal pagado, pero te sientes agradecida. Es el precio de las lagunas en tu currículum vitae. Trabajar te ayuda, te distrae. Distraerte, esa es tu meta ahora. Hablar tonterías, salir, emborracharte, tener un poquito de sexo, cumplir con tus deberes de hija, de madre y empleada. No sientes ningún placer en nada de eso, pero el deber cumplido te da tranquilidad. Disminuye la angustia. De pronto te das cuenta de que han pasado semanas, incluso meses, sin que botes una lágrima. Poco a poco se te olvida lo que te ha sido extirpado y aprendes a vivir con tu nuevo corazón.


Hibakusha

Caía sangre del cielo, y material de construcción pulverizado. Quienes sobrevivieron, ciegos, buscaron agua para calmar su angustia. Los ríos de la ciudad de Hiroshima arrastaban cuerpos y pedazos de cuerpos. En esas cloacas rojas, cementerios giratorios, depositaron sus lenguas radioactivas.

Inapropiada

Sabes que actúas de manera inapropiada, pero esperas que la gente esté a la altura, y dude de su propia propiedad. Otras veces, simplemente sabes que estás loca, que el cable que te une a los seres humanos se alarga y se alarga. Luego eso ya no te importará. ¿Cuánto tiempo llevas en este estado? ¿Meses? ¿Días? Te costará calcularlo.

Hay momentos también en los que ves belleza, perfecta, rotunda belleza. Luego te ríes de tu ingenuidad.

Lo de las redes sociales es realmente perturbador, te tiene completamente perturbada, pero en eso te pareces a casi todo el mundo, al menos al 20% más perturbado por la comunicación virtual. Hay cada loco. Se te acentúa, en todo caso, la fantasía de que te estás comunicando con el cuerpo cuando no es así. Esa gente no está ahí. Si estuviera ahí su compañía sería insoportable, como las de todas las gentes. Pero como no tendrás nadie a quién comunicarle nada lo arrojarás al circo romano de Facebook.

Y también se despierta la ambición de que eres la más perfecta a los ojos del resto, tendrán que darse cuenta. La más buena, la más tierna y la más dulce, la más vulnerable y necesitada, como un recién nacido, totalmente conmovedora. Alguien lo podrá ver. Y me devolverá toda la dulzura en los ojos. La dejará caer. La más franca. La más desinhibida. Impúdica. Loca. Infantil. Impúdica.

Te reconoces manipuladora, has llegado hasta aquí mintiendo. Todo el tiempo estás intentando disimular lo que de verdad eres y haciendo la performance de otro, de alguien mejor que tú para una determinada encrucijada, de alguien que podría gustar más que tú al interlocutor.

La droga perfecta es la televisión: YouTube, Netflix. Pasarse todo el día de pantalla en pantalla, buscando algo que atrape tu atención. Prefieres las series porque te mantienen más tiempo distraída. Cumples mejor tu meta, distraerte, no estar aquí y ahora, como repiten los budistas que hay que hacer. Sin foco. En otros mundos que parecen el mundo entero, pero se te olvidan un par de días después.

Lo mejor de todo esto es que te han dado ganas de escribir, te gusta lo que escribes, quieres mostrárselo a otra gente, escribir cartas. Ya sabes que eso te puede traer malas consecuencias, que generalmente después de que se te quita el episodio te arrepientes, te obligan a arrepentirte, de la impudicia, el exhibicionismo, el narcisismo, hasta el salvaje egoísmo de tus palabras, en suma, de lo patético. Te tomará años recuperar tu seguridad hasta en los públicos más inofensivos, entremedio desaparecerán varios efectos no deseados del éxito, la popularidad, la facilidad de movimiento. Eso no es malo, te gusta. Te gustan los fracasados, más que los otros, al menos. Pero sólo los fracasados que saben que lo son, ese es el único fracaso verdadero, aceptarlo.

De lo que puedes estar segura es de que no envidiarás al resto, a los normales, sus vidas apacibles o alienadas, su mezquindad inherente. , no sería capaz de rendirse a tu intensidad, la frecuencia sería otra simplemente, no coincidirían. Demasiado lejos para envidiarlos.

Pero te sentirás en deuda con ellos a pito de cualquier cosa. Algo les debes, no estás segura qué, pero algo.

¿Cuántas veces harás al ridículo? Debieras ponerte un límite, a la número 20 te recluirás en el bosque con las ardillas. Bah, perdón, ratones o pudúes. Mientras tu mala reputación brota de un volcán y corre como lava por los valles de la comunicación digital, quedando anquilosada en unos pocos nodos que saltan a la vista en Google.

Tu cara, roja de vergüenza sólo de imaginar el escenario. Sin mencionar a aquellos a los que provocaste intencionadamente, que son los peores. Esos más cercanos que no se olvidarán nunca y cada vez que puedan utilizarán en contra tuyo esa memoria, cada vez más distorsionada, casi símbolo de algo, de lo profundo que puedes caer si no haces lo sensato y lo que te dice tu interlocutor/amigo especialmente.

Por suerte que ya desechaste a los amigos cocainómanos, una tentación menos, estar maníaca, obviamente acelerada, y meterte una raya o dos o tres o cuatro o 25 para sentirte mejor. Me da risa sólo de escribirlo, espero poder comunicar la paradoja. Ahí si que al día siguiente no vales nada, eres un estropajo adolorido y nauseoso, candidato a ameba.

Tus papás tendrán que bancarse en episodio porque eso es lo que hacen los padres, bancarse a los hijos. Tratar de educarlos lo mejor posible y luego bancárselos por el resto de la vida, sean como sean. A menos que se hagan fanáticos virulentos. Una lástima, pero así es la vida, papitos, les dirás. Soy la que soy y si no les gusta aléjense, de veras, pero no me hagan sentir culpable, no me interesa. Suficiente tengo con mi tendencia natural como para que me vengas a hueviar tú. ¿La plata? Bueno, no te la puedo devolver, pero si irme lo suficientemente lejos como para que no sientas que tienes que ayudarme a vivir más cómodamente de lo que vivo, entendiendo cómoda como dueña de un montón de cosas y con una suma de espacio que limpiar, regar, ordenar. ¿Capice? No los necesito, sólo para amarme los necesito, para disfrutarme en lo posible, gozar conmigo una tarde, una conversación, una comida, una botella de vino. No me miren así, no soy un perro sarnoso necesitado de albergue.

Vas por la calle y ves a esa gente tranquila, sentada en las escaleras del cine, riendo y fumando marihuana, probablemente enamorados, jóvenes, la vida por delante. Nada de guapos pero tanto más felices que tú que te has pasado 17 años intentando adelgazar. Que has perdido todo ese tiempo, no por vanidosa, sino por comedora compulsiva, peor hubiera sido si te hubieras entregado celebratoriamente a la aventura de comer hasta hacer explotar el cuerpo. Todo lo que quepa, hasta la náusea, la fatiga, la inmovilidad, el infarto. La dieta fue una contención de la entropía grotesca de la obesidad, para que nos vamos a andar con cuentos, si todos sabemos, incluso las activistas de la gordura, todos, los académicos norteamericanos, los políticos, especialmente los gordos, sabemos que hay un elemento necesariamente grotesco en el desborde de la grasa, en el abandono que implica, somos la falta de dientes, las escaras, el aliento podrido y todas esas cosas. Así es como nadie quiere ser, pero muchos son irremediablemente. Enfermos. Cancerosos terminales. Qué sé yo.

Domingos

Los domingos vuelcan mi atención sobre los pequeños ruidos que escapan al silencio. Martillazos, retos de una madre, puertas que se abren y se cierran. La suspensión dominical los amplifica y sus gritos sin sentido me sumergen en el deseo de un silencio radical.


Suicidio

Aunque el parte policial dice ‘probable intento de suicidio’, lo cierto es que hemos tenido que matarla. Fue un acto pasional, no premeditado. Hablaba y hablaba con su compulsión habitual por la verdad, como si ésta fuese tan interesante. Lamentos y más lamentos. Dale con ‘incompatible con el mundo’. Dale con ‘no existe otro más que yo’. Entonces hemos perdido la paciencia y empujándola al vacío nos hemos liberado.

Debemos reconocer que su cuerpo no lo hemos encontrado. El abismo al que fue arrojada era suyo y ninguna de nosotras lo conoce realmente. En definitivas cuentas, solamente creemos que está muerta, desintegrada como el príncipe Altazor en infinitas letras carentes de sentido articulable. Pero también podría estar dormida en algún rincón insospechado. En todo caso, esperamos no volver a verla.


Escribir la muerte

Escribir la muerte. Con su pluma dejar su trazo en la muñeca. Buscar en un cajón de la memoria la muñeca que meció siendo una niña. Buscar la niña, sus sueños. Encontrarla en la cabeza calva de esta anciana desdentada. Antes de que pierda por completo la memoria. El deseo se le escurre y ya casi no le queda nada. Le queda el colmillo en la arteria que dará fin a esta película espléndida que no tuvo espectadores. No hizo lo que quería, no viajó por el mundo, no amó con locura, no escribió libros, no fue amada. Pero pensó, apenas pudo dejar de hacerlo en talleres de meditación zen. La literatura la azotó con su vara siempre demasiado alta. Tampoco pudo abanicarse con la admiración de los otros. No fue especialmente graciosa, ni elegante ni tuvo talentos extraordinarios. Tampoco tuvo una vida heroica. Le faltó compasión. Fue más o menos buena, ni tanto ni tan poco. Definitivamente no tan mala como para convertirse en un mito. Le sobraron escrúpulos. Cuando la muerte la encuentre tendrá la ventaja de haber sido ya derrotada en vida. Se reprodujo, es cierto, y tuvo unos niños hermosos, pero tampoco a ellos pudo amarlos como se lo merecían sumida como estaba en la autocompasión. Lloraba demasiado. Estaba permanentemente cansada. Había perdido tantas pequeñas batallas que ya no quería luchar. Pero día tras día lo hacía: se levantaba de la cama, iba al trabajo, cumplía con un mínimo común múltiplo del deber. Y es que para lo otro no tenía agallas. Para asumir la derrota y morir del todo. Aunque sabía que era demasiado tarde para comenzar otra vez, en su cama, comatosa, se dejaba alimentar por un suero de ilusión.


Escritura

¿Por qué disimular que tengo reservada en mis bodegas una cantidad inmensa de alegría? ¿Es verdad que el desconsuelo me parece una pose más interesante? ¿Con la ligereza de la risa no creo poder llegar al corazón? ¿Por qué no hago un intento de atrapar con las palabras mi optimismo?

Me respondo que el mismo acto de escribir es suficiente camino recorrido en esa dirección. Y también que el optimismo me causa más pudor que los lamentos.


De qué se mueren los locos

En el hospital hay muchas internas a las que nadie visita nunca. La mayoría de ellas viene de familias pobres, donde las urgencias hacen cuesta arriba hacerse cargo de esa hija, de esa tía o de ese primo de mal pronóstico. Desean, en realidad, que no se mejoren nunca lo suficiente como para ser mandados a casa. ¿Qué harían con los niños? ¿En qué cama? ¿habría que darle de comer? ¿Y si la crisis vuelve, como siempre vuelve, quién pagará los platos rotos? ¿Y la seguridad del resto? Un cacho, alguien que es mejor olvidar.

En un cuarto chiquitito, una de estas personas cacho está sentada con la psiquiatra que la atiende una vez al mes. Es una varón de edad mediana, diagnosticado de trastorno bipolar, condenado varias veces por agresión, por resistirse al arresto, por escándalo en la vía pública, por violencia intrafamiliar. Tiene un título técnico, técnico en producción audiovisual. Cursaba el tercer año de sus estudios cuando tuvo su primera crisis maniaca. Abandonó en noviembre, justo antes de los exámenes finales, y no retornó hasta dos años después, sin locura, sin esperanza, sin voluntad.

Completó los estudios apuntalado por la madre, pero luego nunca pudo trabajar. Las veces en que fue contratado no duró ni un mes. Olvidaba cosas, respondía mal, llegaba tarde, faltaba sin justificación. No parecía querer estar ahí. Su vida sentimental no era mucho mejor. Una vez se entusiasmó con una compañera de Starbucks más depresiva que él. Caminaban después del turno, se contaron algunas cosas, hicieron el amor en la calle. Luego murió la madre del muchacho. Al día siguiente no llegó al turno, ni llamó. Tres días después el jefe le escribió por whatsapp que lamentaba la muerte de su madre, pero que no se molestara en volver.

Un mes después lo encontraron muerto en la casa de su madre. Le hicieron una autopsia. De peritonitis murió. 


Aventura quieta

Una aventura para hoy sería dejar de mentir. Entregarme inválida al teclado y la pantalla de este computador sin más recursos que estas palabras pobres, sin más metáforas que las que aparezcan por azar. No buscar efecto alguno. Ir suicidando mis intenciones primero literarias y luego vitales hasta quedar silenciosa. No tengo hacia dónde prolongarme. Aceptar aquella fatalidad. No tengo deseos que me inviten a desplegarme y buscar alcanzar a otro.


Amor triste

Tenías un niño muerto en la memoria y eso se notaba en tus ojos. Enamorada como estaba de la tristeza, fue verte y quererte mío. Hice todo lo que me habían enseñado pero nada resultó contigo. Al parecer sólo podías quererme cuando estaba silenciosa y quieta, como ausente. Traté lo más posible de estar quieta, pero las palabras reventaban en mi boca. Quería compartir el niño muerto, entrar por una puerta trasera y cerrada. Me dijiste que quizás alguna vez, que estuviera tranquila, que esperara. No pude y grité cosas, te hundí un vaso en la cabeza y me corté la mano. No pestañeaste ni quisiste despreciarme. Te olvidaste de mí. Te convertí en fantasma, el desalmado, el que jode por las noches con su presencia insufrible y horrorosa. Masturbarme no sirvió de nada. No te hacía más real ni te apagaba. Quería vivir contigo, sobre ti, debajo tuyo. Quería una mano tuya sudorosa, caliente, en mi cuello, en mi cintura. Veía películas y escuchaba canciones llorando. Acostada en la alfombra comiendo lágrimas y mocos. Compungiendo la cara para que se secaran los ojos-canales. Por lo que no fue, por lo que podría ser y no sería. Por mi papel en ello y tu frialdad espantosa. Me abracé a mí misma de noche, dando pena. Dándole pena a mis fantasmas. Morí muchas veces, escribí decenas de cartas suicidas. Te las leí al oído, el niño muerto que compartimos. Te lo deletreé lentamente para que comprendieras. Te leí llorando esa que decía que sólo tú podrías haberme salvado del infierno de la mala poesía, haberme llevado a la crónica alegre, a la novela bien estructurada. Este balbuceo odioso, lo odiamos tú, yo y la ciencia. Ya no soy nada en esta cama. Las extremidades no me obedecen, mi cuello está cansado. No puede despegarme de la almohada y mis ojos te miran. Ni siquiera este dolor me alcanza sin el tuyo.


Temor

Le temo tanto que cuando paso junto a él no lo miro: mantengo la respiración para no olerlo: su grito agudo lo vengo escuchando desde que, a los tres o cuatro años, una anciana me contaba el cuento del viejo del saco: el grito lo daba yo en ese entonces, al despertar por la noche: es el timbre de mis peores pesadillas: su destino es aquel del que nunca escaparé del todo: aquel que me estará esperando a la vuelta de la esquina: donde me abandonan el pasado, el futuro y la honra.

Sueño que soy un hombre con las rodillas rotas: sueño que me miro en un pedazo de espejo que he encontrado en la basura: rebotan sobre mí las miradas de asco de aquellos que, siendo como yo estando despierta, me miran de reojo: ni siquiera el frío me penetra: ni el miedo ni nada: la soledad es un lujo de los otros.


Un diagnóstico cruel

Eufórica planeo una venganza. Eufórica planeo un reencuentro. Eufórica quiero suicidarme. Más tranquila todo me da igual. Le dejo a usted vieja gendarme de blanco delantal y desinfectadas manos la cuestión de si acaso necesito o no una droga. De si acaso pudiera beneficiarme su diagnóstico, tan incisivo como cruel. Cruel porque me roba el magnífico sentimiento de singularidad que me embarga cuando contemplo mis propios pensamientos, hiere mi ego vanidoso y me deja arropada con la triste promesa del confort.


Rituales

Algo horrible podía ocurrir si no pisaba las rayitas de la vereda. O si las pisaba. O si perdía la cuenta de cuántos pasos había desde el paradero de micro hasta la puerta de mi casa, o cuántos escalones entre el primer piso y el departamento de mi abuela. Todos los días me imponía nuevas obligaciones que me salvarían del caos. Pisar las hojas secas. No decir ciertas palabras. Mirar sólo de reojo.

Hubo momentos de mi infancia en que estos pequeños rituales cobraron un sentido superior, conformando un sistema organizado de creencias, como cuando luego de mirar muchas piedrecillas y escucharlas, escogí a una y la convertí en Dios. Inventé una serie de pecados relacionados con la falta de fe hacia mi deidad y con errores en su alabanza.

Este episodio tuvo lugar al final de mi infancia. Después de eso, se fueron alejando poco a poco los días de soñar con entrar a un convento, de retroceder media cuadra para pisar una hoja seca, de tocar madera cada vez que la oscuridad se apoderaba de mis pensamientos. Debía aprender a convivir con el miedo.

Recuerdo la adolescencia como verdaderamente pavorosa. Llena de terrores y ningún medio para conjurarlos. A medida que Dios se hacía más pequeño la muerte crecía a mis espaldas. Seguía teniendo conciencia de las rayitas de la vereda, pero ya no me salvarían de nada. Algún consuelo encontraba en el orgullo.

Después de un paso tumultuoso por los rituales de la adolescencia, me fui introduciendo en el mundo de los rituales adultos. Besar al marido. Sonreírle al jefe. Mirar con suficiencia al carabinero. Darle plata a los mendigos. Brindar con los amigos. Besar a los niños cuando duermen. Quizá nos liberen del miedo a renunciar al trabajo, caer presos, volvernos pobres, quedarnos solos. Pero la rigidez de estos rituales hace que se produzcan inevitables trizaduras por las que, una vez más, logra colarse el miedo. Y del miedo al caos hay apenas la pérdida de control sobre un impulso.


Pecado

Puedo pecar y salirme con la mía, porque para mí no hay paraísos prometidos. Está el pecado con su pequeño limbo, su escenografía celestial, su infierno de ravotril. Frases como “la vida es un infierno”.
Sonrisas angelicales. El sexo, que en ocasiones parece un juego de mesa. El purgatorio de la culpa. Y ya está.

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