Adiós al siglo XX

(la culpa es de la psilocibina)

El planeta se recoge, un corazón, un terrón que se agrieta y se disuelve en las manos de una niña (estuve ahí).

En el final que se avecina, sin el juicio prometido, bailaremos hasta caer rendidos, me reiré hasta las lágrimas, mientras se apague tu visión y mi visión se aferre a tu agonía. Hasta que la voz de la ciudad se haga inaudible y se revele la farsa en un auditorio vacío.

Primero caerá la risa, luego el llanto, en esta misa sentimental fúnebre del tiempo, que arrastrará creencias ––a gritos defendidas y jamás expresadas por igual–– anécdotas y acontecimientos, mantras y falsos testimonios en todas las lenguas, construcciones grandes y pequeñas, los discursos de todas las filosofías, lo perplejo, y finalmente los objetos, siempre últimos en caer.

Una persona, candidata a cualquier cosa, en sede de junta vecinal de pueblo chico, le hablará a jubilados, sin vivienda ni destino, con total indiferencia ante el desastre: ¡Qué lindas mariposas, de flor en flor! ¡Qué felices los gérmenes, los neutrones girando, las dendritas!

No quiero herirte, hermana, ríe conmigo.

Aquí estaremos los tontos (los tontos y las tontas y les tontes), redactando mensajitos en pantallitas, pequeñas opiniones que defenderemos con pasión, como abogados de un diablo particular, más mediocre, mucho más mediocre, que los imaginados en los libros empastados en cuero.

Mientras tanto, los poetas le cantarán al gran ombligo peludo, se detendrán en el olor de los pies de sus amigas, escribirán sobre la interrupción del suspiro en un espejo empañado que no refleja nada. En un arranque de megalomanía cantarán: ¡Gracias a Dios! ¡Gracias al pulento!

Y señoras y señores, sentados en laboratorios de prestigiosas universidades, moverán, con extremada paciencia, un milímetro de aquí para allá media idea y una cita bibliográfica, bajo un microscopio, con pinzas de un millón de dólares, para poder indexarlas al conocimiento. Y los que escriben cada día sus diatribas en Facebook, arrojarán una vez más su basura al vertedero de esa patria. Y los que maúllan sus versiones en la radio, como si en ello se les fuera la vida, sujetándose los dientes, arrojando sus desprecios sobre esto y sobre aquello, sobre esta y sobre aquella, con una mueca cínica, lo harán una vez más. Y nosotros los tontos (y las tontas y les tontes) escucharemos atentamente todo este barullo, buscando alguna idea que repetir.

No hay desprecio digno que no comience en casa.

Es tan triste que me estalla la risa en la cara y se me aprieta corazón hasta el infarto.

Después de las bombas solo quedaremos nosotros, aferrados a unas pequeñas convicciones como si fuéramos náufragos y estas fuesen un último madero, evitando mirarlas de frente, sólo de reojo, en la defensa, en el estrado, las pronunciaremos despacito, en 140 caracteres coquetones. Y como premio de consuelo recibiremos sobre el estrado, de manos de un señor con un diploma y dos neuronas más, un firme sentido del ridículo. La misma vaina de siempre.

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Levanto aquí estas palabras, para alcanzar con sus dendritas a uno que otra que llore conmigo esta tontera, que me contagie su risa, y así, insolentes, poder reír en este entierro.

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Estaba detrás de ti en el cine, bailé en tu boda, me reí de ti bajo una lupa equivocada. Ahora, en este entierro, te saludo. Te subiste a la mesa, te arrodillaste ahí para pedir perdón. Pero todo el mundo sabe que quien se arrodilla debe hacerlo en el suelo.

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Sobre esa roca en el río tuve quince años, abrazada a mis rodillas, apoyando en ellas el mentón, sin foco en la mirada. Me sentía bien en ese cuerpo, bien y mal. Las falsas urgencias, el tiempo por delante. Lo mío fue una traición.

El tiempo del amor me pasó por encima. La fascinación no coincidía, no en el cuerpo. En vez de besarte despreciaba a los vecinos (hay cosas que no se pueden hacer al mismo tiempo). Empezó mal nuestro amor y terminó peor, con breves treguas a la orilla de un camino rural.

No puedo matar esa ilusión. La conservo en un insectario, la alimento y en momentos como este, sentada en esta roca, crece suculenta, florece brillante.

Creo que ya va siendo tiempo. Ni la oscuridad puede disimularlo. He ido perdiendo las memorias. En mi nuca hay un cementerio sin flores, de lápidas sin nombre. A veces regresan en sueños, o bajo el efecto de ciertas medicinas, y luego se mueren otra vez las muy malditas.

Lloro de espaldas a este entierro sin discursos. De espaldas al lecho mortuorio en el que las muy benditas, en vez de agonizar como se debe, preparando su legado, eligiendo cuáles serán las últimas, pasan el tiempo que les queda mirando series de televisión.  

Años perdidos intentando afilar la inteligencia para confrontar y vencer al adorado enemigo. Años perdidos soñando un cuerpo menos defectuoso, uno que no se pudra o lo disimule bien, uno que vuelva ciegos a los hombres, que les arruine el olfato, que les permita hundirse en el abrazo sin la arcada.

Déjame tenerte así, abrazada, la noche entera, hermana.

Después partiré sola.

Tengo tres mil veces toda la pena del mundo.

(este texto me da un poco de pudor. no sólo no está corregido, además parece pretender ocuparse de asuntos tan grandes como el tiempo, pa más remate bajo la influencia de la psilocibina. sin embargo me gusta, es raro. habla más bien, sin pretenderlo, de partes de mi mente que no han cambiado mucho desde mi adolescencia, escondidas en el sótano pero difíciles de domesticar. un existencialismo cínico. una falsa modestia. por eso lo publico, no por lo que dice del mundo, sino por lo que dice de mí)

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