Gays putifruncis

El otro día un amigo –amigo hace casi 30 años—me dijo “¿por qué me tocas?” cuando le toqué el codo mientras conversábamos en un restaurante. En un primer momento me sentí desconcertada y humillada, como si hubiese sido un quinceañero al que una joven le rechazara un beso. Luego me dio rabia, porque se había permitido esa pregunta retórica condescendiente, como la de un patrón corrigiendo las costumbres bárbaras de su empleada recién aterrizada del trópico.

Finalmente lo miré y me dio pena, con su boquita fruncida como si llevara una piña metida en el culo, sufriendo porque en la mesa contigua unas muchachas se estaban riendo a carcajadas, buscando complicidad en un twin que tampoco tolera que lo toquen (ni que lo besen o lo abracen o lo miren mucho a los ojos), twin que en ese minuto contaba (por vigésima vez) que su profesor de francés de cuarto básico pronunciaba Shile en vez de Chile (jo, jo, jo) y alardeaba de la austeridad de su madre (que es tan austera, tan austera, que no sale a la calle y odia las flores).

¿Cómo no me iba a dar pena, si yo soy cariñosa? Para ellos ser cariñosa –y compasiva y generosa—son cuestiones sentimentales, kitsch, defectos de carácter, patéticos e inconvenientes en la práctica. Un tercio costumbres victorianas llegadas al siglo veinte sudamericano por los azares de la cultura, un tercio mezquindad de espíritu, un tercio moral carcelaria. Little twin me preguntó si siempre que las mujeres lloraban lo hacían para manipular a los hombres o si también lloraban a solas. Es un tipo ilustrado, sabe que soy feminista, parece broma, pero no lo es. Simplemente es misógino y tarado. Lo miré como miro cada cierto tiempo a las tres marías en el cielo, como preguntándome a mí misma qué me ha llevado hasta ese punto.

Qué me pueden importar entonces sus lecciones de etiqueta y sus gringadas. I am not like that. Yo abrazo a mis amigas y las miro a los ojos con ternura. Para ellos intensa es un epíteto, es “ay, qué intensa”. Mi experiencia del mundo siempre ha sido intensa, nunca difusa, nunca quieta. También “vieja” es un epíteto, y aquí estoy yo, poniéndome cada día más vieja. Y la vagina, una cosa repugnante. Parecen tan orgullosos de su determinación a no dejarse infectar por los vapores que la humanidad desprende. Sobre todo los de la mayoría pobre, vulgar, que aún vive en clanes.

El ideal es un hombre muy joven. Dieciocho o diecinueve.  Que haga deportes. Que cuide su cuerpo (¡cuerpo sano, mente sana!). De excelente salud certificada por un médico de confianza. Que coma de manera equilibrada. Dispuesto a dejar azúcares, colorantes, preservantes, grasas trans, acentuantes del sabor y cualquier otro producto que no sea sacado del animal o de la mata. Que vista con elegancia, escoja telas naturales y colores sobrios. No importa su estatus social, pero si es de “origen humilde” que no se le note en la ropa, en los modales, en la cara ni muchos menos en los dientes. Indispensable que hable poco, parco o tímido en público y afectuoso en la intimidad. Por ningún motivo una loca, tiene que ser masculino (la idea es que ser homosexual no debe hacerte poco hombre). Nada de alcoholes que le suelten la lengua y sin familia de ningún tipo. Austero, que no le interese viajar, salir a restaurantes, la comida gourmet, comprarse ropa u otros bienes superfluos. Ojalá su pelo sea suave y brillante, idealmente rubio o castaño claro. De facciones agradables, nariz fina y pequeña. Activo, idealmente virgen.  Dispuesto a dormir solo.

No yo, ni remotamente.

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