Quizás han escuchado hablar de la economía de la atención. En breve, y es bastante obvio, significa que aplicaciones como YouTube, Netflix, Instagram, TikTok, Tinder, etc., compiten por nuestra atención haciéndonos adictos, aturdidos consumidores de basura. Y en el proceso deterioran nuestra capacidad de concentrarnos en tareas largas, desafiantes, con poco refuerzo inmediato, como la meditación, la lectura, el estudio y la investigación, el trabajo ambicioso, hasta el ocio compartido que disfrutábamos tanto, que muchas veces se sienten como molestas interrupciones del scroll y otras formas pasivas de consumo de contenido.
Frente a esta realidad pedimos regulaciones para los niños: que no se les puedan vender novias virtuales; que se les prohiba entrar al colegio con celulares, etcétera; sinceramente preocupados por sus mentes en desarrollo, pero como somos adultos si nos metemos o no la heroína digital de los narcos de Silicon Valley es asunto nuestro. ¿Sí o no?
Podemos esforzarnos, sumarnos a tendencias unplugged, contratar (como yo) caros bloqueadores pagados de contenido casi injaqueables para el celular y el computador. Pero sobre todo podemos resistir juntas la idiocracia, por ejemplo, leyendo los mismos libros y juntándonos periódicamente a conversar sobre ellos. El ejercicio de la lectura y la conversación sobre libros se ha se siente como una obstinación rebelde. Es como si en un mundo de obesos sedentarios nos diera por entrenar la maratón (en la próxima vida). Encontramos goces estéticos, aventuras intelectuales, desafíos. Elaboramos ideas, las ponemos a prueba en una conversación exigente, incluso las raras veces en que tenemos desacuerdos radicales, Quizás han escuchado hablar de la economía de la atención. En breve, y es bastante obvio, significa que aplicaciones como YouTube, Netflix, Instagram, TikTok, etc., compiten por nuestra atención haciéndonos adictos, pasivos, aturdidos consumidores de basura. Y en el proceso nuestra capacidad de concentrarnos en tareas largas, desafiantes, con menos refuerzo inmediato, como la contemplación meditativa, la lectura, el estudio y la investigación, el trabajo ambicioso a largo plazo y hasta el ocio compartido que disfrutábamos tanto, ahora parecen ser molestas interrupciones de nuestro tiempo de pantalla.
Frente a esta realidad pedimos regulaciones para los niños: que no se les puedan vender novias y novios virtuales; que se les prohiba entrar al colegio con celulares; etc.; sinceramente preocupados por sus mentes en desarrollo, pero como somos adultos si nos metemos o no la heroína digital de los narcos de Silicon Valley es asunto nuestro. ¿Sí o no?
Podemos esforzarnos, sumarnos a tendencias de desconexión, contratar (como yo) bloqueadores pagados de contenido (casi) injaqueables para el celular y el computador. Pero sobre todo podemos resistir juntas la idiocracia, así entiendo juntarnos a leer. El ejercicio de la lectura y la conversación sobre libros se han vuelto hoy una obstinación, una rebeldía. Es como si en un mundo de obesos sedentarios nos diera por entrenar la maratón (en la próxima vida). Encontramos goces estéticos, aventuras intelectuales, desafíos. Elaboramos ideas, las ponemos a prueba en una conversación exigente, incluso las raras veces en que tenemos desacuerdos importantes, éticos o políticos, por ejemplo, discutimos escuchando atentamente, reconocemos los lugares de encuentro, cuidamos a nuestras compañeras, buscamos aprender y enseñar, no silenciar o ganar la discusión. En los tiempos, como están, estas conversaciones se sienten como una práctica cultural amenazada y lamentablemente, un privilegio. Eso no más quería decir.
