ESTILOS DIRECTO E INDIRECTO
Cuando un personaje habla, la narración puede dejarle la palabra o contar lo que dijo. Esa diferencia, bastante sencilla, separa el estilo directo del indirecto.
En el estilo directo escuchamos al personaje. Sus palabras aparecen tal como las dice:
—No pienso volver —dijo Clara.
En cambio, en el estilo indirecto es el narrador quien nos cuenta esas palabras:
Clara dijo que no pensaba volver.
La difeencia parece pequeña, pero modifica la escena. El directo acerca la voz del personaje, permite oír su ritmo, sus vacilaciones, su vocabulario. El indirecto resume, acelera y deja mayor control al narrador. Una conversación larga puede resolverse en una línea: “discutieron durante una hora y al final él aceptó acompañarla”. En una narración podemos alternar ambos sin problema.
RAYAS Y COMILLAS
La raya en los diálogos
En castellano, cuando el diálogo va separado del relato, se usa raya (—), no guion (-). Cada intervención comienza en un párrafo nuevo:
—¿Trajiste las llaves?
—No. Pensé que las tenías tú.
Si el narrador explica quién habla, el inciso se introduce también con raya:
—Llegamos tarde —dijo Ana.
Cuando el personaje sigue hablando después del inciso, se abre y se cierra:
—Llegamos tarde —dijo Ana—. Apúrate.
Si lo que aparece después de las palabras del personaje no es un verbo de habla, sino una acción independiente, cambia la puntuación:
—No quiero discutir. —Ana se puso el abrigo.
También puede interrumpir el diálogo una acción. Si después de esa acción el mismo personaje sigue hablando, la acción queda encerrada entre dos rayas:
—No quiero seguir hablando. —Ana se levantó y cerró la ventana—. Mañana veremos qué hacemos.
Como “Ana se levantó y cerró la ventana” es una acción independiente y no una indicación del tipo “dijo” o “preguntó”, se puntúa como una oración propia: empieza con mayúscula y queda separada de las palabras del personaje por puntos.
Con preguntas y exclamaciones, los signos pertenecen a las palabras del personaje:
—¿Te vas ahora? —preguntó Pedro.
—¡Déjame tranquila! —gritó Ana.
La raya ordena las voces, pero también puede volverse cargante si cada frase necesita “dijo”, “contestó”, “preguntó”, “replicó”. Cuando está claro quién habla, el inciso sobra.
Las rayas y las comillas pueden combinarse. Por ejemplo, si un personaje reproduce dentro de su intervención las palabras de otra persona: —Entonces me miró y dijo: “No vuelvas a buscarme”. La raya marca el diálogo principal y las comillas distinguen la cita incluida dentro de él.
Diálogo entre comillas
El estilo directo también puede aparecer entre comillas, sobre todo cuando una intervención breve queda incorporada dentro de un párrafo narrativo:
Mi padre miró por la ventana y dijo: “Mañana nos vamos”.
También sirven para reproducir una frase concreta sin montar una escena dialogada:
Lo único que respondió fue: “No me acuerdo”.
La elección entre raya y comillas depende de cómo funciona la conversación en el texto. La raya resulta natural cuando asistimos a un intercambio entre personajes. Las comillas permiten incrustar una voz dentro del relato sin abrir un diálogo aparte.
No hay obligación de reproducir cada conversación completa. A veces importa oír exactamente lo que alguien dijo; otras, basta con saber que habló. Elegir entre directo e indirecto es también elegir cuánto espacio, ritmo y presencia tendrá esa voz en la escena.
No es necesario elegir un solo sistema para todo el cuento. Un mismo texto puede usar rayas en escenas dialogadas y comillas en otros momentos, por ejemplo cuando una intervención breve queda integrada dentro de un párrafo narrativo. Lo importante es que cada recurso sea claro y consistente en el pasaje donde aparece.
EJEMPLOS LITERARIOS
J. D. Salinger, “Un día perfecto para el pez plátano“: El diálogo ocupa gran parte del cuento y permite que la información aparezca sin explicación del narrador: por lo que dicen los personajes entendemos las relaciones y el estado cada uno. La conversación cotidiana contrasta además con lo inquietante que el lector va descubriendo por debajo.
Alberto Fuguet, “Pelando a Rocío”: El cuento está construido como una conversación de la que solo escuchamos a una mujer: las respuestas de su interlocutora quedan implícitas en lo que ella contesta, pregunta o comenta. El diálogo se convierte así en voz narrativa y, al mismo tiempo, caracteriza a quien habla a través de su vocabulario, sus prejuicios y su manera de contar.
Raymond Carver, “Bolsas”: El diálogo entre padre e hijo contiene otro relato contado por el padre, y dentro de ese relato aparecen a su vez las conversaciones que tuvo con Sally. Estas capas de diálogo permiten contar el pasado casi sin resumirlo y muestran, al mismo tiempo, la distancia entre el padre que necesita confesarse y el hijo que apenas escucha.
David Foster Wallace, Entrevistas breves con hombres repulsivos: Aquí también oímos casi exclusivamente a uno de los interlocutores; las intervenciones del entrevistador aparecen reducidas a “P.: …”. Los silencios obligan a reconstruir la conversación y concentran toda la atención en la voz del entrevistado, que se va retratando a sí mismo mientras habla.
Por último, un ejemplo de cuando las atribuciones son innecesarias en este pequeño diálogo malvado (también de David Foster Wallace):
—Ya no te quiero.
—Lo mismo te digo.
—Me divorcio de una puta vez.
—Me parece bien.
—¿Y ahora qué hacemos con la casa rodante?
—Lo único que sé es que me quedo con la camioneta.
—¿Me estás diciendo que yo me quedo con la casa rodante y tú con la camioneta?
—Lo único que digo es que esa camioneta de ahí fuera es mía.
—¿Y qué pasa con el niño?
—¿Lo quieres a cambio de la camioneta?
—¿Estás diciendo que lo quieres tú?
—¿Tú quieres decir otra cosa?
—Te estoy preguntando si estás diciendo que lo quieres tú.
—Entonces eres tú quien está diciendo que lo quieres.
—Mira, yo me quedo la caso rodante, tú te quedas con la camioneta y al niño nos lo jugamos a cara o cruz.
—¿Eso es lo que estás diciendo?
—Ahora mismo nos lo jugamos a cara o cruz.
—A ver esa moneda.
—Por Dios, no son más que veinticinco centavos.
—Pues entonces a verlos.
—Dios, aquí están.
—¿Tú cara y yo cruz?
—¿Y por qué tú cruz y yo cara?
—Deja ya de joder.
